Cani´s corner

Era el anochecer de uno de los últimos días del agosto más triste de mi vida. Había hecho mucho calor y volvíamos María y yo de dar un paseo por la playa. Entonces, lo vimos. Casi no se distinguía ya: un bultito grisáceo junto a la esquina trasera del ayuntamiento. Parecía muerto.

María insistió en comprobarlo. Con muchísimo cuidado –y el íntimo convencimiento de que no iba a servir de nada– lo toqué con el pie. Esperaba encontrarme un cuerpo inerte, del que ya se ha ido la vida. El pajarillo se movió levísimamente, temblequeando. Nos miramos sorprendidos; María se agachó y lo acarició. Volvió a temblar y movió un ala. Con delicadeza, lo acogió en su regazo y seguimos caminando. Ahora, éramos tres.

Alentado por el calor cómplice de María, el pajarillo abrió los ojos, negrísimos, vivaces. Pió con fuerza lastimera. Decidí llamar a Inma, una amiga con el don de entender a los animales. Nos recomendó comprar una jeringuilla y darle agua poco a poco, para reanimarlo y más tarde, cuando estuviera mejor, un poco de comida. En la Alameda Principal hay una farmacia de guardia y alli le compramos una. El farmaceútico nos aclaró que era una cría de vencejo que con toda seguridad se había caído del nido; nos deseó suerte y pusimos rumbo a casa. De camino a ella, nos encontramos con tres alumnas mías de español, Katherine, Tanya y Paola. El pajarillo parecía más animado y María lo bautizó: se llamaría Cani. Apretamos el paso.

Ya en casa, mientras María le daba agua con la jeringuilla, busqué en internet más información. Efectivamente, era un vencejo y descubrí que en esta época del año muchas personas los encuentran en el suelo. Al parecer, si caen del nido su destino es perecer, pues no pueden remontar el vuelo si no es desde sitios elevados. Les llaman también aviones, por su diseño aerodinámico, ideado para planear durante horas. Son insectívoros.

Siguiendo las indicaciones de las personas que se habían visto en esta situación, le preparamos una comida a base de foie-gras y cáscaras de huevo. Al principio no quería comer, rechazaba el alimento con dejadez melancólica. Con paciencia y sin forzarle le íbamos poniendo unos trocitos pequeñísimos de comida en el pico. En una de éstas, se decidió a comer. Luego ya fue fácil, solicitaba comida cada vez con más ansia. Se levantaba sobre sus patitas y piaba con fuerza. Abría el pico desmesuradamente y pedía insistentemente más, abarcando con su pico el dedo en el que le ofrecíamos las bolitas de foie.

En internet hay muchas historias de personas y vencejos. Había que evitar la llamada imprimación, esto es, impedir que el animal nos adoptara como papás. Era necesario construirle un espacio aparte del nuestro y dejarlo a su aire. Lo acomodamos en una caja de cartón –que no pusimos en nuestra habitación– y le compramos un espejito para que viera su propia imagen, que contemplaba con confusa coquetería. Cada cierto tiempo, le poníamos grabaciones de vencejos que encontramos en algunas webs. Cani al escucharlas respondía piando y moviendo las alas.

Lo más difícil parecía ser no alimentarlo –hay preparados específicos que se venden en pajarerías–, si no prepararlo para el vuelo de despedida. Aquí las experiencias eran dispares y había personas que habían conseguido tras unas semanas que el vencejo volara para reunirse con sus compañeros, mientras otras no pudieron lograrlo. Era un trabajo arduo desde luego, pues tendríamos que observar el crecimiento de las alas, ejercitarlas, hacer vuelos de prueba… y todo ello con resultado incierto.

A la mañana siguiente, María se despertó muy temprano. Estaba preocupada, no se oía a Cani piar. No pasaba nada, estaba bien. Yo me fui a trabajar a la escuela de español y ella quedó a su cuidado.

Regresé al mediodía; comimos los tres. Cani tenía buen aspecto, aunque estaba tristón. Yo también lo estaba, aquellos días del agosto más triste de mi vida me costaba trabajar y estaba sumido en una especie de trance hipnótico, reordenando muchas cosas, asumiendo lo inevitable con el apoyo de mi entorno. Qué importantes son las personas que te rodean y te arropan.

Nos hubiera encantado arropar y darle mucho cariño a Cani, pero nos resistimos para no caer en la imprimación. María estaba preocupada, no sabía si íbamos a conseguir sacarlo adelante y entonces me pidió el teléfono del CREA (Centro de recuperación de especies amenazadas) para ver si nos podían asesorar en su cría. Se lo busqué por internet y llamó.

Sabemos muchas cosas inútiles, demasiadas. Lo que desconocemos es muchas veces tan asequible como importante. Y una de estas cosas es que el vencejo común Apus apus, es una especie protegida. Por la tarde se pasarían a recogerlo y lo llevarían al CREA “Pecho-Venus” para su cuidado.

Al par de horas, se pasaron a recogerlo, como atestigua este documento. A las tres semanas aproximadamente, recibí esta carta. En ella se nos informaba que Cani, conocido allí como el ejemplar MA-CREA-1080/10, ya surcaba los cielos en plena libertad. Desde aquí, nuestro agradecimiento al CREA “Pecho-Venus” y a la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía por su buen trabajo y la comunicación tan directa con la ciudadanía.

En el momento de la despedida, Cani nos dedicó una de sus miradas apenadas y vivísimas. Batió las alas con fuerza, pareció que se resistía a dejarnos. No importa, Cani sigue estando con nosotros; cuando escucho el piar de los vencejos en el atardecer, sé que alguno nos va dedicado. Porque los seres que quieres nunca se van, permanecen en ti. Como mi padre, que a principios de aquel triste mes de agosto nos dejó para quedarse siempre en nuestro recuerdo.

7 Comentarios

  1. Precioso compi. Una muestra más de que sois grandes personas. R.

  2. Precioso.Una bella historia de cómo debe ser el ser humano.Y chapeau por esas palabras que dedicas a papá en el tu blog al final.Seguro que le ha gustado-

  3. Rocío Martín

    1 junio, 2011 at 17:47

    La primavera pasada una pareja de jilgueros construyó su nido en una de las ramas de la grevillea que hay delante de casa. La rama en cuestión estaba (porque este año está más alta) justo delante de la ventana del cuarto de mi hijo mayor. El hecho fue todo un acontecimiento que nos tuvo entretenidos toda la primavera; no sólo porque el jilguero es uno de mis pájaros favoritos (otro es el petirrojo, que para mí es una de las imágenes ornitológicas más tiernas), sino porque pudimos asisitir al proceso de construcción del nido, así como al posterior incubamiento de los huevos y criaza de los pajaritos. Debo decir que cuando entrábamos en casa lo primero que hacíamos era asomarnos a ver cómo estaban nuestros huéspedes, pues así los considerábamos. Fue asombroso ver cómo construyeron su resistente nido (todavía existe, aunque vacío, como una casa abandonada) y cómo se turnaban para calentar los huevos; después, cuando éstos eclosionaron, pudimos contemplar el crecimiento de los polluelos; resultaba curioso oír cómo llamaban a sus padres reclamndo alimento. Un día, cuando ya habían crecido tanto que no cabían en el nido, se marcharon, sin más. Este año tenía la esperanza de que la pareja volviera al mismo nido que construyeron la primavera anterior, pero no ha sido así. Un sentimiento de tristeza y nostalgia se mezcla con el recuerdo que perdura en las diversas fotografías que tomamos y de los largos momentos que pasamos contemplando a la familia de jilgueros. Hoy al leer el relato de Cani me he acordado de los jilgueros y hace un rato, cuando iba con mi hijo hacia el supermercado, he visto una pareja de jilgueros posada en un arbusto y he pensado: ¿será una casualidad o es que estos jilgueros me están saludando?
    Perdón por la intromisión en tu blog, Augusto, pero no he podido evitar escribir esta historia. Gracias por inspirarme.

  4. Gracias Rafa, por tus palabras.

    Charly, segurísimo que le ha gustado ;-)

    Rocío, entrométete cuantas veces gustes, has referido una historia verdadera y sentida, te agradezco que la hayas compartido.

    Un abrazo.

  5. Rocío Martín

    1 junio, 2011 at 21:55

    Gracias Augusto, otro abrazo para tí

  6. Javier Navas

    2 junio, 2011 at 12:11

    Qué historia más dulce… y más sentida.

  7. Gracias Javier, un abrazo.

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