Categoría: código máquina

Infidelidad

biciplaya

En la última visita a la casa, ya vacía, abrió el cajón. Allí estaban las fotos.
Desde una playa ya lejana, una bicicleta le decía adiós.

Cuento de Navidad

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Para Amor, en su cumpleaños.

Se había vuelto a poner de moda invitarlos a la mesa en Nochebuena. Algunos avispados idearon un negocio basado en un sistema de selección por el cual se podía traer a casa un pobre con aceptables garantías de higiene y una más que razonable conversación.

–¿Siempre ha sido así? –le preguntó.
–No, antes tenía una casa y un trabajo.
–Vaya. ¿Y qué le pasó, si no es indiscreción?
–Nada.
–Hombre…
–Se lo aseguro. De un día para otro, perdí el trabajo y me quitaron la casa.
–¿En qué trabajaba usted?
–Diablo tentador.
–¿Compraba almas a cambio de deseos?
–Algo así. Pero deseos pocos: me pedían cheques. En blanco.
–¿Y usted los daba?
–Claro. Era mi trabajo. Bastante aburrido, pero tenía complementos por productividad. Y salario base.
–¿Qué hacía con las almas?
–Las metía en un maletín y las llevaba a la oficina. Me adelanto a su pregunta: jamás supe que hacía el jefe con ellas. Las guardaba en un pequeño armario; nosotros le decíamos “el almario”.
–Eso es gracioso. ¿Un poco más de vino? ¿Quiere probar la langosta?
–Vino sí, gracias. Dígame, ¿le gustaría vender su alma? Le puedo recomendar.
–Se lo agradezco, pero tengo mucho dinero. A veces pienso que demasiado, no quiero más.
–También puede pedir ser inmortal.
–¿Eso funciona?
–Por supuesto; tengo setecientos cuarenta y ocho años y tan fresco.
–¡Es verdad, qué bien se le ve! ¿Nadie pide eso en vez de dinero?
–Pues no. En mil quinientos años, yo fui el único que solicitó la inmortalidad.
–¿Cómo siendo inmortal no es el dueño del mundo?
–¿Para qué? Cuando tienes tanto tiempo, el poder te es indiferente. Eres como un árbol, todo va más lento. Eso sí, la ventaja es que te puedes desplazar. Me encanta viajar. Y colecciono besos. El resto da igual.
–No hay color: yo prefiero tener mucho dinero y morirme con el gusto de ser rico.
–¿Ve? Por eso nadie quiere vivir para siempre.
–¿Abrimos el champán?

Fotografía de Nedim Chaabene, “Sumit Ghosh

Reseña rencorosa

Cuando bostezó, el libro todavía estaba allí.

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