Categoría: los placeres y los días (página 2 de 4)

Pilar

Pilar

Ella es la mar. Mediterránea. Valora las cosas importantes de la vida y a las personas que habitan en su orilla. Además, es escritora y coleccionista de dinosaurios.

En sus textos, Pilar indaga en los secretos. Los revela, pero no los cuenta. Usa la fantasía para explicar lo real y gracias a sus palabras lo real nos parece fantástico. Sus personajes suelen ser cercanos, inmersos en historias que parecen cotidianas, hasta que ella los vuelve transparentes. Entonces, nos vemos: Pilar hace espejos mágicos donde nos reflejamos, poco a poco va construyendo un universo cómplice en el que detalla los sentimientos y las paradojas del ser humano.

Gracias por tus olas.

 

Olvidado Rey Gudú

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Tenía unas ganas locas de leerme “Olvidado Rey Gudú” y hoy mi amigo Jonatan Santos me lo ha regalado, junto a una dedicatoria preciosa, que me gustaría compartir: “Que disfrutéis del mundo mágico donde las letras son el mejor reino y la imaginación la mejor corona”.

¡Gracias, Jonatan!

Stockholm o Don Juan en Madrid

STOCKHOLM, (España. 2013) dirigida por Rodrigo Sorogoyen, guión de Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen e interpretada por Javier Pereira y Aura Garrido.

STOCKHOLM es, ante todo, una película interesante. Es arriesgada y se aventura más allá de lo habitual. Por eso, si estás leyendo estas lineas te pido que vayas a verla (además que está baratita, a 5 euros la entrada por sabia decisión de la productora) y luego, cuando vuelvas a casa, sigas leyendo mi opinión sobre esta buena peli.

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Baton Rouge (el bar)

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Hace ya unos cuantos años, salir de noche por Málaga era bastante diferente. Si bien no había muchos bares donde elegir, la oferta era paradójicamente muy variada. Uno de esos bares, en el que pasé muchas horas, era el Baton Rouge.

Estaba en calle Mariblanca y su estructura era sencilla: tras una entrada donde había un par de mesitas y una máquina de pinball, había una barra infinita; al final de ella, la cabina para pinchar discos. Al fondo a la derecha había un pequeño reservado con cuatro mesas y tras este espacio en perpetua penumbra, los servicios. Cambió poco la decoración en los años que lo frecuenté, basada en colores fuertes, algunos objetos de imaginería pop y portadas de vinilos.

Poco nos importaban los elementos decorativos a los habituales: Jose, el alma mater del lugar, ponía la mejor música que he escuchado en un bar. Era un dueño de otros tiempos, quizá de otra dimensión: cediendo el mando de la barra a camareras de temple y carácter que hacían y deshacían a su antojo -recuerdo con especial cariño las etapas en las que estuvieron primero Begoña y luego Rocío-, Jose se metía en la cabina y nos obsequiaba con una exquisita selección de música, mezclando lo innovador con lo clásico, las versiones más canallas con temazos imprescindibles. Toda una generación le debemos a este hombre el descubrimiento de muchos grupos y la ampliación de horizontes musicales. Disfrutaba de lo que hacía y eso se transmitía al ambiente, donde la peña solía ir a tomarse unas birras, escuchar buena música y charlar con los amigos, un cóctel tan sencillo como imprescindible, Bares como el Baton (así lo llamaba todo el mundo) deben existir siempre en cualquier ciudad.

Como todo espacio público, el Baton pasó por diferentes etapas: que yo recuerde, abrió a mediados de los ochenta, tuvo su momento álgido a mediados de la noventa y tuvo un lento y progresivo declinar hasta cerrar unos años más tarde. Actualmente ya no existe el local siquiera: la fotografía que encabeza este texto es del google maps, donde puede verse la localización aproximada del bar.

Pasé buenas noches y mejores madrugadas en el Baton. Era un espacio cómplice, donde podías acudir si empezabas o terminabas la noche solo. Las horas en el Baton eran fáciles y amables, sin intenciones de ser gloriosas. Quizás por ello, por esa ausencia de pretender ser lo que no era, por apostar por la música, las copas y nada más, era especial. Porque así son los buenos bares, los que echas de menos y recuerdas con nostalgia: una barra, buena música y buena gente.

¿Y ahora adónde vamos?

Líbano es un país situado en el Mediterráneo Oriental, durante muchos años un ejemplo de convivencia entre culturas y religiones, hasta que en 1975 una guerra civil entre cristianos y musulmanes rompió el equilibrio. Desde entonces, los libaneses se han metido en un laberinto de alianzas, intervenciones extranjeras y tutelajes internacionales menos o más afortunados del que es muy difícil escapar.

 ¿Y ahora adónde vamos?, película de Nadine Labaki (directora de Caramel), es un trabajo hecho con mucho cariño hacia su tierra, sus gentes y sus costumbres. El guión, escrito por Nadine Labaki, Jihad Hojeily y Rodney Al Haddad, hace una apuesta arriesgada; siguiendo la estructura de un cuento tradicional, mezcla géneros y convenciones, pasando de la comedia al drama, de la película costumbrista al vídeo musical. La combinación funciona a la perfección: la historia te llega y emociona y lo hace porque es un cuento contado con maestría, estructuralmente impecable, con personajes bien construidos, giros magistrales y una resolución perfecta: hasta se le perdona a la directora (que también es guionista y actriz principal) cierto injustificado protagonismo en algunos planos ;-) Ah, ni se os ocurra ver el trailer, como de costumbre, te destripa la pelí entera.

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