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Las cartas sobre la mesa

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Es verdad que hay muchos tipos de cartas, como también hay muchos tipos de escritores. Leerlas y conocerlos es uno de los placeres más grandes de la vida.

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Tengo la suerte de dedicarme a lo que me gusta: escribir y enseñar. Lo solitario de lo primero lo equilibro con lo colectivo de lo segundo; no sabría vivir si me quitaran una de las dos cosas, sería como vivir en una noche eterna o un día sin fin.

Cuando escribo, me sumerjo en mí mismo; cuando imparto talleres de escritura o doy clases de español, me zambullo en los demás. Es una experiencia fantástica que alguien te deje nadar en sus aguas y también una responsabilidad: como viejo lobo de mar que comienzo a ser -los cincuenta ya asoman por mi carné de identidad- le tengo respeto a los mares ajenos, a los océanos de los demás, respeto que procuro no sea paralizante, si no que poco a poco se convierta en complicidad, en cercanía. Porque todo el mundo tiene cofres y corales en su fondo marino y me siento un privilegiado por acompañar a las personas a explorarlos, a sentirme tan libre como ellos, a sufrir sus tempestades y naufragios y  a alegrarme de sus descubrimientos y viajes.

A veces, estar personas te sorprenden, te emocionan. Sin pedirte permiso cambian las reglas del juego y se sumergen en ti. Y así,  Nico, Marga, Ana, Cristina y Amor, Carmen, Mª Jesús, Pilar y José Luis me escriben unas cartas. A mano, o mejor dicho, con el corazón en la mano. Mejor dicho aún: con mi corazón en su mano.

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Qué cosa tan estupenda es recibir una carta. Es un beso de tinta, un abrazo disfrazado de rectángulo. Elegante y personal. Cercano e imborrable.

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Decía Fernando Pessoa aquello de que todas las cartas de amor son ridículas, pero no hay nada más ridículo que no haber escrito nunca una. De amor o de amistad, hay que escribirlas. Y por supuesto, recibirlas.

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Por si fuera poco hoy, uno de enero de 2016, subo mi post número cien al blog de esta forma tan especial, tan inesperada y emotiva.

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Gracias por este precioso regalo. Por compartirme y compartirnos.

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(Baraja literaria de Nórdica Libros, ilustraciones de Fernando de Vicente)

Cuento de Navidad

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Para Amor, en su cumpleaños.

Se había vuelto a poner de moda invitarlos a la mesa en Nochebuena. Algunos avispados idearon un negocio basado en un sistema de selección por el cual se podía traer a casa un pobre con aceptables garantías de higiene y una más que razonable conversación.

–¿Siempre ha sido así? –le preguntó.
–No, antes tenía una casa y un trabajo.
–Vaya. ¿Y qué le pasó, si no es indiscreción?
–Nada.
–Hombre…
–Se lo aseguro. De un día para otro, perdí el trabajo y me quitaron la casa.
–¿En qué trabajaba usted?
–Diablo tentador.
–¿Compraba almas a cambio de deseos?
–Algo así. Pero deseos pocos: me pedían cheques. En blanco.
–¿Y usted los daba?
–Claro. Era mi trabajo. Bastante aburrido, pero tenía complementos por productividad. Y salario base.
–¿Qué hacía con las almas?
–Las metía en un maletín y las llevaba a la oficina. Me adelanto a su pregunta: jamás supe que hacía el jefe con ellas. Las guardaba en un pequeño armario; nosotros le decíamos “el almario”.
–Eso es gracioso. ¿Un poco más de vino? ¿Quiere probar la langosta?
–Vino sí, gracias. Dígame, ¿le gustaría vender su alma? Le puedo recomendar.
–Se lo agradezco, pero tengo mucho dinero. A veces pienso que demasiado, no quiero más.
–También puede pedir ser inmortal.
–¿Eso funciona?
–Por supuesto; tengo setecientos cuarenta y ocho años y tan fresco.
–¡Es verdad, qué bien se le ve! ¿Nadie pide eso en vez de dinero?
–Pues no. En mil quinientos años, yo fui el único que solicitó la inmortalidad.
–¿Cómo siendo inmortal no es el dueño del mundo?
–¿Para qué? Cuando tienes tanto tiempo, el poder te es indiferente. Eres como un árbol, todo va más lento. Eso sí, la ventaja es que te puedes desplazar. Me encanta viajar. Y colecciono besos. El resto da igual.
–No hay color: yo prefiero tener mucho dinero y morirme con el gusto de ser rico.
–¿Ve? Por eso nadie quiere vivir para siempre.
–¿Abrimos el champán?

Fotografía de Nedim Chaabene, “Sumit Ghosh

Horrores varios de la estupidez actual: muñecas diabólicas

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A mí me lo ponen fácil: a las niñas que por todo el mundo compran estas muñecas y que unos años más tarde acudirán a los centros comerciales, se lo ponen muy difícil.

Uno piensa en hacer un estudio sobre lo que miden el perímetro de los brazos de las Monster High y hacer una comparación con las medidas normales de las niñas y a su vez relacionarlo con fotos espantosas de modelos maquilladas como puertas, con poses cadavéricas y miradas vacías y nada más entrar en internet me encuentro con esto, un artículo del País SModa, que mientras critica (las cursivas son mías) a las muñecas escuálidas, ponen a izquierda y derecha un anuncio de Mango, Zara o H&M (no distingo entre esos tres entes-creadores-de-complejos-para-vender-más) y hala, me hacen el artículo. Sé que la publicidad en internet va cambiando y por eso hice una captura de pantalla de este momento tan paradójico.

Mirad la imagen.  Es terrible: no se sabe dónde empieza el plástico y donde acaba la manipulación. Parafraseando el párrafo final de Rebelión en la granja de Orwell,  pasamos la mirada de la muñeca a las modelos y de las modelos a la muñeca, y nuevamente de la muñeca a las modelos; pero ya es imposible discernir quién es quién.

No sé por qué nos extrañamos si pasa lo que pasa: si ponemos a combatir a legiones de ejecutivos sin escrúpulos, sicólogos infames y publicistas sin conciencia con la mente de una niña de cinco o seis años, el resultado se llama anorexia, bulimia o baja autoestima; aunque para eso, también se sacan pastillas. La banca siempre gana.

Además, se lo ponemos fácil: si alguien protesta es políticamente correcto, enemigo de la libertad de empresa o te dicen eso de ¿qué pasa, no te gustan las mujeres guapas? Como si ser guapa fuera lo único que puede atraer de una mujer, como si gustarte la realidad fuera un delito: como si las mujeres y las muñecas fueran una misma cosa.

Sobre todo, se olvida lo esencial: una persona -niña, mujer, hombre o niño- es más guapa cuanto más feliz es. No hay nada más bonito que una sonrisa. Lo que pasa es que no saben cómo venderla: lo intentan pero no pueden. Por eso, crean muñecas de plástico y las venden como rosquillas. Pero no, no comas tantas que no podrás ser como ellas y como no puedes ser como ellas comerás más rosquillas y comprarás una muñeca para querer parecerte a ella. Y la tele, internet, las tiendas nos lo ponen fácil para ser cada día un poco más tristes y comprar rosquillas y muñecas y ropa que nos hagan olvidar lo infelices que somos.

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Presentación de “Una canción para Sibelius y otros relatos”

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El pasado martes 1 de diciembre tuve el honor de presentar el libro de José Luis Rosas Guerrero, Una canción para Sibelius y otros relatos.

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El acto se realizó en los salones de la Sociedad Económica de Amigos del País y en él pudimos conocer un poco más este fantástico libro.

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Tras la presentación, brindamos los asistentes por el éxito del libro y por el inicio de una prometedora carrera literaria :-)

Amar tanta belleza, de Herminia Luque

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El pasado sábado 28 de noviembre tuve el placer de moderar el Club de lectura de la librería Proteo en torno al libro Amar tanta belleza, de Herminia Luque, Premio Novela de Málaga 2015.

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Fue un encuentro agradable y distendido, donde tuvimos el lujo de contar con la presencia de la autora y el interés de las personas que se habían leído la novela.  Yo hace poco que la he terminado y me ha gustado mucho, un juguete barroco bien compuesto y que reivindica la figura de la mujer en la sociedad. Hacen falta más novelas como esta.

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Y con la foto de grupo del Club -éramos veintitantos, pero cuando decidimos hacernos la foto, ya muchas personas se habían marchado- cerramos este post. Muchas gracias a Herminia por su amabilidad y buena disposición y a los asistentes por hacer una mañana de sábado deliciosa.

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