Don Quijote y el emperador de la China

“Porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le envíe para quitar el hámago y la náusea que ha causado otro don Quijote, que, con nombre de Segunda parte, se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote.”

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Prólogo de la Segunda Parte.

Este blog que hoy comienzo, dedicado al oficio gustoso de escribir, ha de empezar con unas palabras del Quijote. Además de ser una de las mejores obras de la Historia, en la pequeña historia de mis lecturas, tiene un lugar importante. Lo leí con veintipocos años y tuvo en mí un efecto fulminante: enfermé irremediablemente de literatura. Hasta entonces, me había resistido y jugaba a intentar ser abogado, con un éxito tan irregular como escaso. Fueron los diálogos de Sancho Panza y Alonso Quijano los que me dieron la llave para entrar en mi propia casa y desde entonces vivo en ella. El tiempo dirá si jamás tuve que haber cogido aquella preciosa edición mexicana del Quijote que tenía mi padre en cuatro tomos o tenía que haberme quedado con el Sistema de Derecho Civil de Díez-Picazo. En cualquier caso, acabó de convencerme que para bien o para mal, ése era mi camino.

Los que hablamos español tenemos una suerte inmensa: podemos leerlo en su idioma original. No tenemos que hacer como Freud, que aprendió español para poder disfrutar de él. Sólo por esto casi merece la pena haber soportado a lo largo de nuestra historia tanto mandamás inútil, ya sea en forma de rey, noble, jefe de personal o dictador. Quien sea venezolano, argentino o español sabe de lo que hablo. Desde luego, Cervantes también lo supo.

Para muchos estudiosos, este fragmento del prólogo de la segunda parte del Quijote es una forma irónica que usa Cervantes para llamar la atención sobre sus medios escasos. Por un lado, reclama lo que piensa se merece y sabe que jamás tendrá: honores públicos y una pensión para su vejez. Por otro, lo solicita ¡al emperador de la China! En la época que Cervantes escribió el Quijote –comienzos del siglo XVII– China era un país remoto y recién descubierto, como dice en su artículo Salvador García Bardón. Algo imposible pedido a alguien imposible; una vez más, la fina ironía cervantina.

Aún así, en la amarga constatación de su irremediable situación económica, se atisba cierta e inexplicable satisfacción. Cervantes sabía que los chinos iban a leer su obra. Estaba seguro que su obra iba a ser absolutamente universal. ¿Cómo lo supo? Podríamos argüir que él fue el primer lector de sus páginas y que fue entonces cuando se dio cuenta de lo que había escrito. También podríamos decir que conoció de primera mano el fulgurante éxito del Quijote, traducido a varios idiomas con inusitada rapidez. No importa: ante todo, Cervantes era un escritor, como lo somos quien escribe esto y quien probablemente lee estas líneas.

Y es que así somos los escritores. Nos gusta como a todo el mundo tener dinero, pagar facturas y vivir con relativa holgura. Algunos lo consiguen y además, escriben bien (o mal, o regular). Otros no lo consiguen y siguen escribiendo bien, mal o regular, persiguiendo el sueño –tan lejano para los demás, tan cerca para uno mismo ¿verdad?– de ser leídos por el emperador de la China. Osea, el lector.

2 Comentarios

  1. Jaime Lannister

    19 septiembre, 2010 at 6:55

    ¡Qué gran abogado se perdió el mundo! Y qué excelente defensor de don Quijote ganó a cambio. Si es que don Quijote necesita que le defiendan, que esa es otra…

  2. Si, probablemente lo sea

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