El soldado valiente

Había una vez un soldado muy cobarde, aunque todos pensaban que era muy valiente, ya que cuando divisaba al enemigo corría tantísimo que recorría el mundo entero; de este modo llegaba hasta las espaldas del ejército adversario que, sorprendido por la maniobra, se rendía.

Su general le había dado ya cien medallas y el rey se estaba pensando en darle la mano de su hija –bueno, la mano y todo lo demás–, porque nadie podía concebir hombre más temerario ni guerrero más aguerrido. La princesa era una mujer de gran carácter, que rechazaba y se burlaba de todos los príncipes que la pretendían; por eso el rey pensaba que ante el Soldado Valiente –¡sí, así le llamaban!–, no podría evitar caer enamorada y él por fin tendría nietos a los que iría a visitar los domingos y no una hija que, de lunes a sábado, se reía de todos los pretendientes y de las barbas de su padre. ¿Qué hacía la princesa los domingos? El rey no lo sabía, nunca lo había averiguado; para un día que le dejaba tranquilo…

Un día el rey se decidió a llamar al soldado. Como no podía desobedecer la orden, el soldado se presentó temblando de miedo y se quedó pasmado ante las riquezas que atesoraba el palacio. Aunque era muy cobarde, cuando vio a la princesa se le olvidaron las riquezas y las batallas y los enemigos y el rey y se dio cuenta que se había enamorado; la princesa era su alma gemela y al fin la había encontrado.

La princesa contempló al soldado y se encogió de hombros. No era para tanto y si quería estar con ella, se lo tendría que currar. Puso la mejor de sus sonrisas y con su voz más seductora, le dijo al soldado:

–Soldado Valiente, si me respondes a una cosa, me caso contigo. ¿Qué hago los domingos cuando no estoy en casa y dejo de reírme de mis pretendientes y de las barbas de mi padre?

El soldado la miró y le dijo:

–Los domingos, bella princesa, echas a correr sin parar, porque tienes miedo de casarte con un príncipe aburrido e interesado, que sólo quiere tus riquezas. Corres tanto, que sin darte cuenta, das la vuelta al mundo y acabas otra vez en tu bonito palacio lleno de riquezas.

A la princesa se le olvidaron las riquezas y los pretendientes y las barbas de su padre y se dio cuenta que se había enamorado; el soldado era su alma gemela y al fin la había encontrado.

5 Comentarios

  1. Rocío Martín

    27 marzo, 2011 at 18:55

    Muy bonito, me ha recordado a Forrest Gump cuando empezó a correr hasta que se dio cuenta de que no sabía ya porqué corría y es que el propio miedo nos impide darnos cuenta de que podemos vencerlo. Hasta la próxima

  2. No había caído yo en esa similitud… Lo que más me gusta de escribir, además del hecho mismo de hacerlo, es el feedback que genera y lo que puede sugerir a quien lo lea. Un abrazo :-)

  3. Bellísimo

  4. Maria Trinidad

    9 abril, 2011 at 14:38

    Hermoso y me deja pensando: él no se enamoró al verla, al verla se dio cuenta que la conocía. La había visto en sus vueltas al mundo y por qué ella a él no?

  5. Gracias, Gloria ;-)

    Trini, según mi idea él no la había visto en sus vueltas al mundo, fue más bien por una intuición que tuvo al enamorarse de ella (él se enamora primero de ella, cosa lógica por otra parte para un soldadito) y ella se enamora después (también lógico para una princesa acostumbrada a tropecientos pretendientes); es el amor el que le hace entender que ella es igual que él y es el amor es que le hace entender a ella que esa revelación es cierta. Además, la princesa sólo recorría el mundo el domingo y el soldado puede suponerse que los domingos no guerreaba, solo de lunes a viernes, como buen currito. Eso si, te agradezco esta crítica analítica, no exenta de bastante razón. ¡Un abrazo!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*