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Cani´s corner

Era el anochecer de uno de los últimos días del agosto más triste de mi vida. Había hecho mucho calor y volvíamos María y yo de dar un paseo por la playa. Entonces, lo vimos. Casi no se distinguía ya: un bultito grisáceo junto a la esquina trasera del ayuntamiento. Parecía muerto.

María insistió en comprobarlo. Con muchísimo cuidado –y el íntimo convencimiento de que no iba a servir de nada– lo toqué con el pie. Esperaba encontrarme un cuerpo inerte, del que ya se ha ido la vida. El pajarillo se movió levísimamente, temblequeando. Nos miramos sorprendidos; María se agachó y lo acarició. Volvió a temblar y movió un ala. Con delicadeza, lo acogió en su regazo y seguimos caminando. Ahora, éramos tres. Seguir leyendo

15 de mayo

Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.

Vicente Aleixandre, “En la plaza”

Yo vivía en un estanque. Era pequeño y circular y daba vueltas en él, con la ilusión de estar nadando en el mar. Había muchos como el mío, unos eran más grandes, otros más pequeños. Quienes vivíamos en ellos pocas veces nos dirigíamos la palabra: cada cual pensaba ingenuamente que la luna dormía en su estanque y con este secreto imposible nos bastaba.

Unos cuantos prosperaron y construyeron albercas; los más afortunados se hicieron piscinas, hasta hubo quien se costeó un lago artificial con cisnes de cartón plastificado y pico de látex. Otros cayeron en desgracia, tuvieron que vender sus estanques y se fueron a vivir a charcos, en los que chapoteaban sorteando su infortunio. Pude observar que cuando se construía una bonita piscina aparecían más charcos, pero no dije nada. Nadie decía nada.

Un día, empezó a llover. No paraba, siguió lloviendo durante semanas. Los estanques comenzaron a desbordarse, sus límites a perderse: pronto, todos nadábamos en una misma corriente de agua infinita. Nos mirábamos confundidos “¿qué está pasando?”, decíamos. Hasta que al fin, lo comprendimos. No víviamos en estanques, estábamos estancados. Fue la lluvia la que nos hizo recordar que estábamos juntos y revueltos, que éramos gotas de una misma corriente. Estábamos unidos y no nos podíamos quedar quietos.

Ahora somos un río.


(Fotografías de Sandra Lara y Carlos Bolívar)

El soldado valiente

Había una vez un soldado muy cobarde, aunque todos pensaban que era muy valiente, ya que cuando divisaba al enemigo corría tantísimo que recorría el mundo entero; de este modo llegaba hasta las espaldas del ejército adversario que, sorprendido por la maniobra, se rendía.

Su general le había dado ya cien medallas y el rey se estaba pensando en darle la mano de su hija –bueno, la mano y todo lo demás–, porque nadie podía concebir hombre más temerario ni guerrero más aguerrido. La princesa era una mujer de gran carácter, que rechazaba y se burlaba de todos los príncipes que la pretendían; por eso el rey pensaba que ante el Soldado Valiente –¡sí, así le llamaban!–, no podría evitar caer enamorada y él por fin tendría nietos a los que iría a visitar los domingos y no una hija que, de lunes a sábado, se reía de todos los pretendientes y de las barbas de su padre. ¿Qué hacía la princesa los domingos? El rey no lo sabía, nunca lo había averiguado; para un día que le dejaba tranquilo… Seguir leyendo