Arroz

Había leído que el atardecer en la bahía de Jalong valía su peso en oro. Había visto imágenes de las misteriosas rocas asomadas entre la bruma: la cola petrificada de un dragón serpenteante, según la leyenda vietnamita.

Aquí estamos, César y yo, tumbados en dos hamacas contiguas, en la cubierta del junco, iluminados por unos farolillos de papel de arroz, en el instante en que el sol comienza a descender.

La realidad supera con creces el relato. El silencio y la neblina quedarán grabados en mi memoria para siempre.

Saco un cigarrillo del bolso y camino hacia la barandilla del barco. La madera cruje al ritmo de mis pasos. Siento la brisa marina en mis mejillas, la neblina en mi cuerpo y me dejo llevar por el ocaso encantado que tengo el privilegio de admirar.

Solo un momento, me digo, lo justo para fumar el cigarrillo y volver a la hamaca. Sin embargo, alguien se ha sentado allí, en el asiento donde he dejado mi bolsa. Nos hemos cruzado con ella en otras ocasiones y siempre ha intentado entablar una conversación.

César la mira de soslayo, se endereza un poco, juega con los botones de su camisa y carraspea.

Ella sonríe y le dice:

-Nos hemos visto alguna vez. -le tiende la mano, jovial-. Soy Emilia. ¿Es posible que durmamos en el mismo hotel?

-Tal vez –contesta César.

-Un hotel fantástico, ¿no te parece?

-Un hotel en Vietnam.

Guardan silencio. La tal Emilia saca de su bolsa un paquete que envuelve unas bolas de arroz.

-¿No disfrutas del viaje?

-Demasiada humedad. ¿Qué es eso que comes?

-Lo he comprado en uno de los puestos. ¿Lo has probado?

-¿Cocina callejera? No, gracias.

-Si no soportas el clima, te incomoda el hotel y te asquea la comida, ¿qué haces aquí?

-¿Ves la mujer que fuma? -me señala con la barbilla. -La del chal azul. Ella me ha arrastrado hasta aquí.

Ella me mira. Luego, sus ojos se pierden más allá de la bruma. Entonces, le dice:

-Yo también he venido por alguien. Él quería hacer este viaje conmigo, siempre lo andaba planeando. Al final, lo que son las cosas, no le dio tiempo a llegar.

-¿Viajas sola?

-Yo quiero pensar que lo hago con él.

Parece a punto de llorar, pero se pone en pie. Después de un guiño y una mueca que es casi una sonrisa, se aleja.

El cigarrillo se ha consumido. Se oye un nuevo carraspeo de César, mientras coge el paquete donde están las bolas de arroz que Emilia ha dejado. Se sienta, alza el cuello, busca a la chica, no la ve. Dos bolas de arroz asoman curiosas. Él las mira, como si hubieran aparecido en medio de la bruma dos fantasmas.

Con la punta de los dedos cierra la bolsa y la deja sobre la hamaca. Se vuelve a tumbar y fija la mirada en el cielo, que oscurece.

La brisa es más intensa. Me mira, mientras peleo con mi chal. Le oigo decir:

-No le dio tiempo a llegar.

Coge de nuevo el paquete, se acerca a mí. Me pone una bola en la boca. La pruebo y le ofrezco el resto.

Ni el olor, ni la procedencia, ni el porqué, impiden que César cierre los ojos y muerda un poco de aquel comienzo.

(Relato escrito por Aurelia Martín, Elisea Marqués y Carmen Mancera).

2 comentarios en “Arroz”

  1. Una belleza!!! Me traslado a ese lugar que nunca vi, unas descripciones exquisitas, pero quiero creer que continúa el relato, ya que quede intrigada con la mujer de las bolas de arroz.

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