El tiempo perdido

Hay un tipo de tiempo que siempre parece sospechoso.

Es el tiempo en el que no estamos haciendo nada que pueda justificarse fácilmente. No produce resultados visibles, no genera ingresos, no mejora el currículum ni se puede resumir en una frase del tipo: “he aprovechado mucho el día”.

Es el tiempo en el que uno se queda mirando por la ventana.

O se detiene a releer una frase.
O da un paseo sin rumbo claro.
O se queda con un café ya frío delante, pensando en algo que ni siquiera sabría explicar.

Desde fuera, ese tiempo parece perdido.

Pero quizá ocurre lo contrario.

Tal vez es el único tiempo en el que algo empieza realmente a ordenarse dentro de nosotros. El único en el que la memoria se atreve a regresar sin que la llamen, en el que una idea se acerca con cautela, en el que ciertas preguntas —esas que normalmente evitamos— encuentran por fin un lugar donde sentarse.

La época moderna tiene una relación complicada con ese tiempo. Prefiere el tiempo ocupado, productivo, optimizado. Un tiempo que pueda contabilizarse.

Pero la vida interior no funciona así.

Las intuiciones no responden a calendarios.
Los recuerdos no obedecen horarios.
Y la imaginación —que es un animal extraño— suele aparecer precisamente cuando creemos que no estamos haciendo nada.

Por eso sospecho que el llamado tiempo perdido es, en realidad, otra cosa.

Es el tiempo en el que dejamos de huir de nosotros mismos.

Y tal vez también el único en el que, sin darnos demasiada cuenta, empezamos a encontrarnos.

Scroll al inicio
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies necesarias para funcionar correctamente y, si las aceptas, algunas cookies adicionales para mejorar la experiencia de navegación, mostrar contenidos externos y conocer de forma agregada qué secciones resultan más útiles o interesantes.

Puedes aceptar, rechazar o configurar las cookies desde este panel.

Enlace a política de privacidad: https://augustolopez.es/politica-de-privacidad/