
Hoy no celebro mi cumpleaños, sino mi cumpledaños.
Porque cada año no es solo tiempo, también es una suma de golpes, pérdidas, heridas que se van pegando a la piel como tatuajes involuntarios. Y no se trata de “aprender de ellos” ni de darles un sentido heroico: a veces el daño no enseña nada, solo duele y permanece.
Pero ahí está el truco: llevarlos sin maquillarlos, sin convertirlos en moraleja barata. Igual que llevamos las arrugas, llevamos los daños. Son la prueba de que hemos pasado por la vida, aunque la vida también haya pasado por nosotros.
Cumple daños: celebrar no lo intacto, sino lo roto que sigue en pie.
